miércoles, 11 de noviembre de 2009

TALLER: ORAR CON LOS SENTIDOS Y CON EL ESPACIO CELEBRATIVO

1. INTRODUCCIÓN LARGA (Basada en el texto de José María Castillo ‘Signos, símbolos, metáforas en la vida de la Iglesia’).

Parece un contrasentido hablar de sentidos y de fe, que no se puede tocar, gustar, oler, ver, oír.

Los sentidos son la puerta para los sentimientos, nos posibilitan relacionarnos con todo aquello que nos envuelve, incluidos los demás. Por tanto ha de ser a través de los sentidos como conocemos la fe y, lo que es más importante, la experimentamos y transmitimos.

¿Pero cómo podemos traducir la fe de forma tal que podamos captarla por los sentidos?

Es en este punto donde tenemos que recurrir a los símbolos. En una primera aproximación podemos definirlos como objetos o gestos (captables por los sentidos) que expresan y transmiten nuestra fe y, en general, las experiencias más profundas e importantes de nuestra vida, como ahora veremos.

El espacio celebrativo es, precisamente, el conjunto de esos objetos que, transformados en símbolos, permiten la comunicación entre nosotros y Dios en la oración, celebración y evangelización (velas, iconos, cruz, ambón, altar, luces...)

La comunicación entre las personas es esencialmente simbólica. Con frecuencia usamos erróneamente esta palabra, y la confundimos con el signo. Por eso vamos a tratar con más detenimiento estos dos conceptos.

SIGNO

Un signo es la unión de un significante y un significado. Decimos que el lenguaje es un sistema de signos por que al pronunciar una palabra (significante) indicamos un concepto (significado).

En la comunicación humana no sólo usamos signos fonéticos (auditivos), sino además signos visuales (lenguaje de signos, señales de tráfico...), auditivos (claxon, sirenas...)

Podemos resaltar dos características del signo:

1º Se sitúa al nivel del conocimiento, nos transmite una información.

2º Es convencional, o sea, es establecido por acuerdo en una determinada cultura o sociedad.

SÍMBOLO

Pero la comunicación humana no se reduce al uso de signos:

Pensemos cómo se comunican unos padres con su bebé, que ni sabe habar ni puede comprender el lenguaje. No pueden hacerlo a través de signos. ¿Cómo le comunican su cariño, cómo le dan seguridad, tranquilidad...?: mediante el tacto de la piel (besos, caricias, calor...), el olor, el timbre de voz.

Pensamos en nuestra propia experiencia: ¿Cómo recibimos y expresamos amor? Por supuesto que a través del lenguaje, de los signos, pero cuántas veces nos quedamos sin palabras. En este punto nos comunicamos más y mejor mediante gestos (miradas, tonos de voz, contacto físico...) y mediante objetos (regalar algo intensamente deseado por la otra persona).

Del mismo modo, en la comunicación y experiencia de la fe tenemos que recurrir a gestos y objetos que nos ayuden a hacerlo.

En general, las comunicaciones más determinantes de nuestra vida no se realizan por signos, sino por medio de expresiones u objetos expresivos mediante los cuales la otra persona percibe y vive nuestras experiencias más profundos y fundamentales.

Eso son los símbolos.

¿Qué añade el símbolo al signo? Mediante el signo se comunican conocimientos, información; mediante el símbolo se comunica vida, dan sentido a nuestra vida, no meramente saberes sobre la vida.

Todo símbolo es signo, pero no a la inversa. Como cristianos podemos decir que la cruz es el símbolo en el que vemos expresadas nuestras experiencias de fe más profundas: para los no creyentes no será más que un signo.

Algunas características del símbolo:

1º El símbolo es la expresión de una experiencia:

Tener una experiencia fundamental que comunicar (experiencia de fe).

Expresión adecuada de esa experiencia, que al igual que el signo, depende del acuerdo social o cultural establecido.

Por ejemplo, es claro que el dolor o la tristeza en unas culturas se expresa mediante el color negro, mientras que en otras mediante el blanco; en occidente nos saludamos con un beso, abrazo, nos damos la mano y en oriente no se tocan, sino que hacen reverencias. Las culturas en las que el trigo o la vid son frutos normales de la agricultura, simbolizan el alimento y la bebida mediante el pan y el vino: pero en china podría serlo el arroz y el té; en América latina las tortas de maíz y el café... No podemos pretender que nuestros símbolos lo sean para otras culturas y sociedades o viceversa.

Una cosa no es primero símbolo y luego, mediante explicaciones, teorías y doctrinas, se consigue que esa cosa o ese gesto sea algo aceptado socialmente sino que una cosa es símbolo porque es socialmente aceptada y vivida en una cultura como tal símbolo.

En nuestra comunidad de San Francisco, por ejemplo, oramos ante el icono del cristo de San Damián porque expresa el carisma Franciscano de nuestra fe. Es necesario que en nuestras comunidades usemos los símbolos más adecuados, que se integren bien con los usos habituales de las mismas, sin producir fracturas, porque entonces el objeto o gesto no será símbolo, no sirve.

Por otra parte es importante actualizar los símbolos que usamos, para expresar nuestra experiencia de fe, porque puede que hayan dejado de serlo. Los gestos simbólicos que pone en práctica nuestra liturgia actual tienen su origen en una cultura que ya no el la nuestra. Desde las vestimentas y los rituales, hasta las plegarias y sus contenidos, las celebraciones cristianas dan la impresión algunas veces de ceremoniales extraños.

Cuando no hay experiencia de fe o no hay una expresión adecuada, los símbolos degeneran en meros rituales, más o menos convencionales, que se ejecutan rutinariamente. Por eso nos parecen aburridas nuestras celebraciones, y por eso no crecemos en la fe, porque no tenemos experiencias de la misma. Por ejemplo, en los sacramentos, si no hay experiencia de fe, no hay sacramento. Si comulgamos habitualmente, ¿cómo continuamos con los mismos defectos o aumentados?

2º El símbolo comunica un mensaje que no es abordable por ninguna fórmula lingüística y, en general, por ningún signo.

En la vida de las personas hay experiencias que no se pueden comunicar nada más que por símbolos. De ahí su importancia en la vida humana, en la vida religiosa, en la vida de fe.

Expresar nuestra fe sólo mediante signos, es imposible.

De aquí se desprende algo importante para vosotros como catequistas: Al lenguaje y a la enseñanza han que acompañarles los símbolos. De no ser así, la acción pastoral se reduce a “adoctrinar” en una serie de verdades y a “obligar” al cumplimiento de una serie de preceptos. Doctrinas y obligaciones que mucha gente se quita de encima en cuanto pueden porque la oferta de satisfacción inmediata que ofrece la cultura actual del consumo y del confort tiene mucho más poder que todos las promesas que pueda hacer la catequesis mejor elaborada.

3ª El símbolo puede ser contemplado.

Algo que es esencialmente invisible (fe) puede materializarse en el símbolo y sólo mediante el símbolo. El símbolo nos remite a un “más allá”.

¿Cómo expresar nuestra entrega a Cristo?

En muestra religión lo hacemos mediante la comunión. Mediante este símbolo recibimos el cuerpo resucitado de Jesús.

1. INTRODUCCIÓN CORTA (Basada en el artículo de Siro López ‘Una educación en la fe con sentido, desde los sentidos’).

No estamos acostumbrados a hablar de los sentidos cuando nos referimos a la fe o a nuestra relación con Dios, a través sobre todo de la oración. Puesto que a Dios no le vemos, consideramos que orar es una actividad del espíritu, opuesto, o al menos distinto del cuerpo, que hacemos con los ojos cerrados, en un espacio semioscuro, en quietud e inactividad... Pero olvidamos que somos un todo y cuando nos dirigimos al Padre lo hacemos desde nuestro yo entero sin prescindir del cuerpo, sino a través de él que es fuente de comunicación.

A través de los sentidos percibimos la belleza del mundo que nos rodea, y a través de ellos podemos ver más allá de cualquier paisaje y alcanzar siempre más allá de cualquier horizonte. El espectáculo gratuito de las nubes, la luz y brillantez que se desprende cuando llueve. Una belleza por la que nos sentimos obligados a reconocer, a disfrutar, a afirmar y a abrazarla sin preocuparnos de nada más.

A través de los sentidos nos relacionamos afectivamente con los otros, podemos captar además de las palabras, las sonrisas, el calor de una mirada, el abrazo espontáneo... A través de ellos encarnamos nuestra fe en las realidades de los más pequeños, de los que sufren pero que aletean, de los que han dejado la pubertad, de los que permanecen en la antesala de la nueva vida... necesitamos, pues, redescubrir el corazón de carne que se nos ha dado.

Como diría Leonardo Boff, los sentidos nos revelan, recuerdan, aluden, remiten... Todo lo real no es sino una señal. ¿Señal de qué? Ésta es la mejor oración y escucha, porque la belleza sintetiza todas las creencias.

Tengamos también presentes los símbolos, tan ricos en nuestra liturgia, pero olvidados y vacíos de contenidos. Nos ayudan a reavivar la belleza de lo trascendente. Hemos despreciado con demasiada facilidad los olores en nuestra liturgia (los aromas del incienso), el sabor de la cena compartida, la musicalidadde una oración encarnada, la luz que nos envuelve comunitariamente, los abrazos que se estrechan fuera de los límites de bancos y reclinatorios. Recordemos que lo celebrativo nunca puede caer en el guión mecanizado y rutinario. La fe requiere ser vivida y compartida de forma creativa.

2. RELAJACIÓN

Vamos a hablar un poco del espacio celebrativo, como espacio en el que a través de las sensaciones que nos ofrecen nuestros sentidos se puede intuir la presencia de Dios.

Para ello hemos de preparar un espacio de oración con algunos elementos que nos inviten a orar e ir diciendo algo de ellos, como unas velas, unos iconos, una Biblia, flores… Nos colocamos frente a él.

Explicamos que vamos a hacer una dinámica en que habrá que ir experimentando una serie de sensaciones. Comenzamos con unos ejercicios sencillos de relajación (quizá con los ojos cerrados) mientras se escucha una música relajante.

Invitamos a todas las personas del círculo a mirar: primero a los elementos que hay en el centro (velas, iconos, Biblia, flores) de manera tranquila, relajada, fijándonos en los aspectos que nos llamen la atención o nos parezcan más bellos, disfrutando únicamente del placer sin tiempo de la vista.

3. SIGNIFICADO DE LOS SÍMBOLOS

Este lugar que hemos preparado con todo nuestro cariño, va a ser ahora para nosotros nuestro espacio celebrativo, un lugar de encuentro con Dios y con los hermanos, para vivir la Fe. Como hemos dicho anteriormente, la fe sólo es posible vivirla recuperando nuestros sentidos.

Nuestra liturgia es muy rica en SÍMBOLOS que nos ayudan a reavivar la belleza de lo trascendente, por eso vamos a hablar un poco de los símbolos que normalmente encontramos en nuestro espacio celebrativo, para que a partir de ahora se carguen para nosotros de significado y, LO MÁS IMPORTANTE, activen nuestros sentidos, que son los que nos dejarán intuir la presencia de Dios.

Los Iconos (sentido de la vista)

Son como ventanas que se abren hacia las realidades del Reino de Dios (amor, justicia, verdad, paz…), y las hacen presentes en nuestra oración, aquí en la tierra. Son una llamada a nuestra propia transfiguración.

Lo que la palabra lleva a nuestro oído, el icono lo lleva a nuestros ojos. Si al mismo tiempo que escuchamos la palabra de Dios, contemplamos una imagen relacionada, ésta puede ayudarnos a interiorizar lo escuchado en la palabra.

Lo que vemos representado en el icono es el resultado de lo que la palabra ha inspirado al pintor (iconógrafo), que pone sus habilidades para usar las figuras y el color al servicio de toda la comunidad.

Por la fe que expresa, por su belleza y profundidad, el icono invita a acoger el misterio de la salvación; abre un espacio de paz y sostiene la espera.

Las Velas (vista)

Representan para nosotros la luz, de ahí la importancia de que estén encendidas. Todos estamos invitados a ser luces, en este mundo de tantas contradicciones y de tanta violencia; a ser luces los unos para los otros y también dárnosla mutuamente cuando la nuestra se apague (en momentos de tribulación y problemas). Pero la luz de estas velas pequeñas, que somos nosotros, viene de otra luz que es la fuente: Jesús (representado en el Cirio Pascual durante la Pascua, o en la Corona de Adviento, tiempo litúrgico que ahora estamos viviendo). La corona representa que el que nos va a nacer, va a ser rey, centro de nuestra vida.

El color de las velas también es importante pues cada color tiene su significado. Por ej., ahora utilizamos el morado (igual que en tiempo de Pascua) porque estamos en un tiempo de ESPERA por la ausencia.

Alrededor de la corona de Adviento, cada domingo se encenderá una vela, cada una de un color: verde (esperanza, Resurrección), Rojo (realeza de quien nos va a nacer), Azul/morado (espera, paciencia) y blanca (alegría, luz, vida).

El Altar (vista)

Representa al propio Jesús y la última cena compartida con sus discípulos; representa que a lo largo de estos 2005 años transcurridos desde su venida al mundo como hombre, nosotros también queremos ser sus discípulos y seguirle, de ahí la importancia de su colocación (en un lugar central, pues la fe debe ser el centro de nuestra vida) y construido de material que le confiera solidez (ya sea un altar fijo, piedra, o móvil, madera), pues así es como ha de ser nuestra fe: fuerte.

El Sagrario (vista y gusto)

Colocado en un lugar solemne, simboliza la presencia constante y humilde de Jesús en nuestra vida.

En él se guarda el pan y el vino listos para ser degustados, pues son el alimento que da fuerza a nuestra vida y nos ayuda a ser también nosotros testimonio del mensaje de amor y entrega a los demás que Jesús nos enseñó.

El Crucifijo (vista)

Es el signo cristiano por excelencia. Es la señal de que nos sentimos miembros de una misma iglesia y es nuestra forma de mostrar al mundo nuestro signo de identidad, lo que somos.

Las Flores (vista y tacto)

Simbolizan la belleza de cada una de las criaturas de Dios. Así como cada flor es distinta pero presenta una belleza especial, así nosotros somos mirados por Dios como seres llenos de belleza.

Al tocarlas, percibimos la fragilidad y la delicadeza, la necesidad que todos tenemos de ser cuidados.

El Ambón y la Biblia. (oído)

El ambón es la palabra de Dios. Dios habla a su pueblo y anuncia su mensaje de Amor y salvación, de ahí la importancia del silencio y la escucha para interiorizar lo que en cada momento nos dice la palabra. Si nos fijamos en lo que a cada uno de nosotros nos dice la palabra, podemos tomar conciencia de que la palabra de Dios se renueva cada día, pues ayer podía decirnos una cosa y hoy puede, el mismo pasaje, iluminarnos en otro sentido que no habíamos percibido antes. Según las circunstancias que estemos viviendo en cada momento, y según nuestra madurez personal y cristiana, la palabra de Dios se renueva cada día en nosotros.

La Música (oído)

La música es oración, y es oración por el oído. Al cantar, interiorizamos la palabra cantada y ésta nos sensibiliza y nos mueve por dentro, hablándonos del mensaje de Jesús (amor, esperanza, fraternidad, alegría, esperanza), lo que también nos ayudará a actuar en nuestra vida bajo estos dones.

La música pues nos ayuda al encuentro entre los hombres (compartir y aunar nuestras voces) y al encuentro íntimo con Dios. Comprenderemos entonces la importancia de elegir bien los cantos en función del mensaje general que la palabra de Dios pretenda comunicar cada día.

4. DINÁMICA (Trabajamos uno de los sentidos, por ejemplo la VISTA, mediante una dinámica, que dirigirá el monitor):

A continuación cada uno elegimos a una o varias personas a las que miraremos tranquilamente durante unos minutos...

Reflexión a partir de la vista (Todos siguen sentados y relajados, disfrutando de la vista. El monitor va hablando despacio para que todos caigan en la cuenta, con éstas u otras palabras):

¿Cómo miramos a los que queremos? ¿Cómo miramos a nuestros familiares? ¿Y a nuestros amigos… a los conocidos... a los que nos caen bien...? ¿Cómo miramos a los desconocidos… a los que nos encontramos por la calle… a los que nos encontramos en una tienda, en una oficina, en la clase...? ¿Cómo miramos a la gente de otra raza… a los negros, que nos encontramos vendiendo por la calle… a los chinos… a los marroquíes… a los rumanos? ¿Cómo vemos a la gente que nos pide por la calle… a los transeúntes...?

¿Cómo imaginamos que miraba Jesús a la gente que encontraba… a sus amigos… a su madre… a los que acudían a él para que los curase… a los que acudían a él por curiosidad… a los pobres… a los ricos… a los enfermos… a los niños...?

¿Cómo nos mira Dios a cada uno de nosotros? ¿Como un padre...? ¿como algo único que somos y como lo más importante?

Lectura: “¿Ves a esta mujer?” Lucas 7, 40. (Se lee entero el pasaje).

Lectura-Comentario (Tomado del libro de F. Montes, S. J. ‘Las preguntas de Jesús’. Ed. Tiberiades. Se puede resumir o bien suprimir):

Jesús era el invitado en una casa principal. Simón, un fariseo, le había rogado que cenase con él. Entonces, de improviso, se presentó en la cena una mujer reconocida en la ciudad por sus pecados.

Mientras esa mujer besaba los pies del Señor y los ungía con perfume, se fue haciendo evidente en la mente del fariseo que el Señor no era profeta, porque no reconocía a los pecadores y no los apartaba de su cercanía.

Jesús en esa noche nos entregó una de sus más profundas enseñanzas. Nos dio una lección de humanidad porque invitó a mirar al ser humano como lo hace Dios. Volviéndose a Simón le contó una historia de prestamistas y deudores para que entendiera que a quien se le perdonan grandes deudas, tiene muchas razones para amar. Pero fue más lejos: Contemplando a esa mujer, enriqueció su historia. ¿Ves a esta mujer?

No sabemos cómo era su apariencia. Tal vez tenía las muestras de su oficio. Pero sabemos que ella ocultaba un gran misterio humano, pues bajo esa apariencia había lugar para la ternura, para la humildad y para que Dios pudiera entrar en ella como a su propia casa. En esa mujer se entrecruzaba un doble misterio de debilidad y amor. Por eso ella era capaz de recibir el perdón y acoger la paz.

El Señor descubrió en esta mujer despreciada por todos, un fondo de verdadero amor; ella era la prueba de que los más duros pecadores, en su debilidad también pueden amar. Viéndola a ella, Jesús completó su enseñanza: no sólo ama aquel que es perdonado, sino que es perdonado aquél que ama; el amor no es sólo fruto del perdón, sino, en cierto modo, su causa.

En esa pregunta Jesús nos invita a limpiar nuestras pupilas para llegar a ver: ¿Ves a esta mujer?

Cuando se mira a una persona, sólo merece el nombre de mirada aquella que atraviesa el exterior y llega hasta las fuentes de lo humano; aquella que no queda entorpecida por las apariencias. Esto nos da una gran esperanza a quienes sabemos que coexisten en nuestro ser un amor grande y una debilidad no menos grande. En esta mujer se posó la mirada penetrante de Dios hasta encontrar lo que es más suyo: el amor. Así mira Dios a los hombres.

A la luz de esta enseñanza, rompiendo prejuicios, condenaciones y rechazos, vale la pena marchar a lo esencial y mirar como mira Jesús.

4. DINÁMICA (Trabajamos uno de los sentidos, por ejemplo el TACTO, mediante una dinámica, que dirigirá el monitor):

Nos colocamos sentados en el suelo en dos círculos, uno interior y otro exterior, mirándose por parejas. Cerramos los ojos y las personas que forman el círculo de fuera ponen sus manos con las palmas hacia arriba, para recibir y sentir el tacto de otras personas. Mientras que las del círculo de dentro las ponen encima e intentan transmitir sensaciones: cercanía, suavidad, aspereza, inquietud, calor, frío... (Se deja un tiempo de unos 5-7 minutos y luego se cambia de manera que los que daban son ahora los que reciben el masaje. Mientras se puede escuchar una música relajante...).

Reflexión a partir del tacto (Todos siguen sentados, relajados, con los ojos cerrados. El monitor va hablando despacio para que todos caigan en la cuenta, con éstas u otras palabras):

¿Cómo es mi relación con Dios? Rugosa, fría, cálida, suave... ¿Me dejo acariciar por Él, me pongo en sus manos?

¿Cómo tratamos a las personas que queremos? Con frialdad, con aspereza, con suavidad, con cariño, con desconfianza... ¿Y a los desconocidos? ¿Prestamos atención, pasamos de largo...?

Lectura: “¿Quién me ha tocado?” Lucas 8, 45. (Leer el texto de la curación de la hemorroísa).

Lectura-Comentario (Se puede resumir o bien suprimir):

Jesús iba camino de la casa de Jairo. Centenares de personas se apretujaban en su entorno para poder oír. Casi no podía avanzar por el gentío que lo presionaba por todos lados. Era el barullo que produce la curiosidad y la moda. En el lenguaje actual diríamos que todos hubiesen querido hacerse una fotografía con él o pedirle un autógrafo... pero curiosamente todos esos hombres fueron incapaces de alcanzar al Señor.

Sólo una mujer se acercó silenciosa y por detrás tocó la orla del manto de Jesús. Iba cargada de humillaciones y de dolor por una enfermedad que la hacía contagiosa e impura ante la ley. En ella no había curiosidad sino necesidad y confianza. Llevaba años sufriendo. Al extender su mano para tocar el manto de Jesús corrió por ella un flujo de soledad, impotencia y vergüenza que quiso ocultar con el silencio... y el flujo de su sangre se detuvo ¿Quién me toco? Mientras la sangre dejaba de manar, del Señor brotó una fuente de gracia, de comprensión y de paz...

Jesús percibió que alguien de verdad se acercaba a él. Había humanidad y sinceridad. Alguien se atrevía en secreto a abrirle sus miserias. Alguien se acercaba lleno de necesidades y no tenía otra voz que su total confianza. Ese lenguaje llegó al corazón de Cristo: ¿Quién me ha tocado?

5. SILENCIO

6. COMENTARIOS, PETICIONES Y AGRADECIMIENTOS (Les pedimos que si quieren compartan lo que han experimentado y sentido durante la oración. También les podemos pedir que escriban y piensen alguna petición o acción de gracias en relación con lo que han sentido durante la oración para después compartirlo en la Eucaristía).

7. PADRENUESTRO

8. SE PUEDE ACABAR CON UN CANTO